SISI, YO TAMBIEN ESTOY LABURANDO MUCHO!!. . .Y PELOTUDO, LO MEJOR ES QUE VOS ME PAGAS EL SUELDO!. .BOBO!..SE ME JUNTO LA GENTE, LA PUTA MADRE!. . .AHORA QUE HAGO? ...YA SE, ME VOY AL BAR DE LA ESQUINA Y QUE ARDA TODO. SATIRO, NEGRA PUTA, ¿SABIAS QUE EN DE REMATE PUNTO COM TE VENDEN LAS MANOS DEL GENERAL?.. YO COMPRE UN PAR. ---- JUAN, APRENDE A ESCRIBIR, NEGRO CABEZA. .... APRENDE A EXPRESARTE JULIAN ANALFABETO DEL ORTO, HIJO DE MARADONA Y LA PUTA QUE TE PARIO. SATIRO: NO CONOZCON UN PORTEÑO QUE VALGA LA PENA, LA MAYORIA SON UNOS CAGONES DE MIERDA...SEGURO COMO VOS, QUE CON TU NICK QUEDA TODO DICHO, ASQUEROSO FETICHISTA DE MARCADORES ROJOS METIDOS EN EL ANO... PD: METETE CAPITAL FEDERAL Y TODO EL CONURBANO BONAERENSE EN EL ORTO, TOTAL DESPUES LE MANDAMOS OTRO PRESIDENTE DEL INTERIOR, "PORTEÑO VIVO". ---- ----- ----- ------ PD:"...PROFETA DEL ORTO, QUE TE AGARREN LOS JINETES DEL APOCALIPSIS Y TE COJAN ELLOS Y LOS CABALLITOS.... TU VINO, TU FUTBOL, TU KIOSCO Y TU ROCK SON UNAS MIERDAS....¿QUE CARAJO PODES SABER VOS DE MUSICA, PENDEJO MASCATROCHA, DEBES SER UN ROLINGA PODRIDO PD:PD: PD: IORIO ME LA FUMA Y UDS TAMBIEN, METANSE A ALMAFUERTE, LUISANA LOPILATO, EL OBELSICO, IORIO, SU MICROFONO Y TODA ESA BANDA DE CHUPAPIJAS REPRIMIDOS HOMOSEXUALES DE MIERDA CON IDENTIDADES SEXUALES VELETAS, LOS BABASONICOS, LA VIEJA DE TOFINO, MIRANDA, LA HERMANITA DE LA ALMAFUERTERA, LA GUITARRA DE LOLO, A LOLO, AL HEAVY DE VIDEOMATCH, LA MOTO DE PAPPO, LA SINAGOGA DE LA ALVEAR, EL RABINO QUE PELOTUDEA EN DICHA SINAGOGA , REUTEMANN, LOS MARCADORES ROJOS, LA UBA, EE UU, UNA BOLSA DE POCHOCLOS LA CATEDRAL, AL PUTO DE LEO DE MORON, A MORON, EL GALLO, LEO GARCIALA PIJA DE MOTUMBO, MIS POSTS ANTERIORES, AL CARA DE TOPO, GARCIA FAURE, LA MAMIA, EL BOLUDO QUE ATIENDE, LOS REGALOS DE CASAMIENTO DEL NEGRO, EL BOBO QUE POSTEA CON EL NICK "EL PROFETA", LOS VINOS QUE SE ESTA TOMANDO Y TODAS SUS PROFECIAS, EL CAROZO Y LA GLADYS, LOS 5 MINUTOS QUE PIERDEN EL CYBER LEYENDO ESTA MIERDA MANGA DE MUERTOS Y LAS 2 TRUCHAS QUE PESQUE AYER ... EN LO PROFUNDO DEL ANO!!!!...PROFETA PUTO....ESO, SI.- PD: BJ MC KEY, DEJA DE HACER QUE EL MONO TE FROTE.
el anciano ( perro viejo)
lean negros chotos esto lo escribi en mis horas de trabaj ojajajaj NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO
Paula
Pero ... se comenta que la esposa se metio un tiro cuando lo engancho a el con otro tipo???
iorio muere n cba este finde!
NÍRAK, MANGA DE PUTOS. (LIBRO DOS) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO ----- ------ ----- ------ ---- ----- ¿GUTÓ O NO GUTÓ? .. a iorio lo hacemos mierda este fin de semana en cordoba!
el anciano ( perro viejo)
Iorio:Perverse is the hole of your bottom son of prostitute that black leaves my penis of so much ancient mierde that you have in your rotten bottom and besides you are very prostitute and I violate your baby sister and I bleed her reproduction organ while she drinks the feeding bottle with my semen that is iorio PERVERSO ES EL AGUJERO DE TU CULO HIJO DE PUTA QUE NEGRA ME DEJA LA PORONGA DE TANTA MIERDA RANCIA QUE TENES ENESE CULO PODRIDO Y APARTE SOS RE PUTO Y ME COJO A TU HAERMANITA BEBE Y LE SANGRO LA BULBITA MIENRAS TYOMA LA MAMADERA DCON MI SEMEN ESO ES IORIO
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se los traduzco, cabezas: IORIO Y SUS SEGUIDOSES: PERVERSO ES EL AGUJERO DE TU CULO HIJO DE PUTA QUE NEGRA ME DEJA LA PORONGA DE TANTA MIERDA RANCIA QUE TENES ENESE CULO PODRIDO Y APARTE SOS RE PUTO Y ME COJO A TU HAERMANITA BEBE Y LE SANGRO LA BULBITA MIENRAS TYOMA LA MAMADERA DCON MI SEMEN ESO ES IORIO Y SUS SEGUIDORES!. EXCELENTE!.
diego_rock14
Es muy dificil opinar de ellos sin sacarce la mano del corazon son gente muy polemica.Y te digo mas Los tres primeros son unos tarados y los considero la lacra de la sociedad Argentina. En cambio Pappo quien puede decir algo de el si es la persona (es por que sigue vivo) mas increible que vi y escuche (despues de ricardo). Con respecto a Iorio el tipo es un soñador que siempre tubo los piez sobre la tierra y no se cayo nada por mas que a vos te moleste siempre hubo chorros , siempre pibes que se murieron de hambre y presidentes corruptos que cagaron a todos y es bueno que alguien haga un poquito de ruido y lo diga. Otro tema y que en eso es unico que otro musico se acordo de los aborigenes nadie ioro los homrra en cada momento Y hasta canto con ellos, A las cales obreras reprimidas quien les canto quien supo liberar un poco de ese dolor que lleban en su corazon lo metalurgicos, camioneros, indigenas, metaleros,de todo el pais. Y al amor quien mejor que el lo dejo plasmado en sus letras Iorio sos un grande. Hermano me habriste la cabeza para poder darme cuenta de lo grande e injusto que es el mundo y de lo solos que estamos los que queremos luchar para que todo mejore. Suerte a todos. Un metalero de Santa Fe Julian vos sos de los mios jaja
MUERTE AL COLAROTA DE IORIO
IORIO Y SUS SEGUIDOSES: PERVERSO ES EL AGUJERO DE TU CULO HIJO DE PUTA QUE NEGRA ME DEJA LA PORONGA DE TANTA MIERDA RANCIA QUE TENES ENESE CULO PODRIDO Y APARTE SOS RE PUTO Y ME COJO A TU HAERMANITA BEBE Y LE SANGRO LA BULBITA MIENRAS TYOMA LA MAMADERA DCON MI SEMEN ESO ES IORIO Y SUS SEGUIDORES!. EXCELENTE!. - - ---- ------- NÍRAK, MANGA DE ORTOS ROTOS. (LIBRO TRES) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO ----- ------ ----- ------ ---- ----- ¿GUTÓ O NO GUTÓ? .. a iorio lo hacemos mierda este fin de semana en cordoba!
el anciano ( perro viejo)
NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO.
yo salia con iorio alla por el 93 Yo hace uno cuantos años, en el 94, precisamente 10 años lo conoci a Ricardito, yo en ese entonces ejercia la prostitucion (soy travesti)en el barrio de Moron, y en esa esquina en la que laburaba habia un copetin al paso llamado el "gauchito gil" al cual Richard era habitue, y ese dia, creo que era un miercoles pasa richard con su moto junto aun amigo y me dicen para ir a tomar algo a ese barcito, bueno yo que escabiamos unas copas y richard, lo hecha a su amigo que le dicen esquirla, este era dueño de una rockeria cercana a lo cual richard le pide las llave y me dice palabras textuales: "vamos a tener una noche metalera y puro heavy nacional", salimos del bar y arrancamos en su moto, muy agradable y linda, llegamos yo que se,que pun que pan me la pone hasta en la oreja y medice che ahora me toca a que me la colques vos, y yo le digo desesperada que!!!??? a lo cual el me responde que nunca viste un heavy puto, y argumento a que todos los heavys lo eran y que por eso en los resitales habian un 2% de publico femenino por que todos se la comian con o sin pan como pintase, y como a mi me gustaba a que me la pongan y tambien ponerla se la repuse ante la menor duda (la pija) lo que me asustaba de richard es que era muy violento e insasiable, y un dia ese que fue el que acabo con nuestra relacion, surgio que ese dia yo venia agotada de la extensa jornada laboral a la que soy sometida por mi condicion de travesti, y ese dia deje que el me penetre y como yo estaba cansada no se la quise poner a lo que ricardo respondio atroz y violentamente, me golpeo y me partio una botella en la cabeza, y me gritaba desesperado cojeme por favoooR! y yo enfadadiza desde aquel verano del 94, no lo veo, simplemente lo veo aveces en secuencias de television en CM rock y en 2 o 3 remeras que usan sus idolatras que responden aun homosexual cohibido y reprimido, Ricardito todo un HIPOCRITA!, desde ese dia en ricardo ejercio la violencia sexual sobre mi soy parte de la coordinadora contra la violencia de genero, y tambien abandone mi profecion de prostituta y ahora por la profunda crisis que sufrimos soy remisero del barrio la reja de moreno... Saludos a toda la comunidad-lesvico-gay-heavy! QUEER! QUEER! Nos vemos en la marcha del orgullo! VIVA la Comunidad GGTTBB. Marce
uo
hola putos
sincero
a mi me habian contado eso ya. asi que supongo que es verdad.
el anciano ( perro viejo)
loco, que tiene de malo que sea puto!! a si, claro el tema es que se la pasa diciendo a todo el mundo " puto, tragaleche!" , bueno pero canta lindo el tipo, se ve que lubrica con algo la garganta...
el satiro del marcador rojo
al arquitecto y al anciano para de putos: perdon que les corte el polvo, pero escribo para decirles que primero: yo no hago cola para hacer tramites, tengo la suficiente cantidad de dinero como para pagarle a un negro cordobes que lo haga por mi, total en esa provincia con un vino y un fernet arreglas a cualquier negro para que te haga de mulo. segundo: el sueldo no te lo pago yo pelotudo, te lo pagan los negros de mierda que te rodean en esa ignorante provincia chau boludo chau, y a ver cuando se arman otro cordobazo para arruinar el pais como lo hicieron hace 40 años
el anciano (perro viejo)
papion del marcador rojo:cuando quieras armamos un cordobazo, vos pagate el fernet y la coca y nosotros rompemos todo, jajaaj
el trava que se comio ioro:
NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO.
Castigador
Se habran fijado la polemica que genera Iorio!!!AGUANTEEEEEEEEEEEEEEEEEEE IORIO ,ROSAS PERON Y SEINEILDIN !!!!!!!!!!HIPPIES BOLCHEVIQUES,UNITARIOS Y MASONES HIJOS DE MIL PUTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!1!!!
Hermetico
Que manera de decir pelotudeces por dios. Iorio es un facho nazi de mierda, pero las letras que escribre, no las hace nadie. Y pappo merece mas respeto por ser el heroe de la guitarra nacional manga de putos mal cojidos
Toco y me voy.
SI NO SE PUEDE POLEMIZAR CON ESTAS MIERDAS... LO UNICO QUE SABEN DECIR ES "CALLATE CULO ROTO...TRAGALECHE... TRAGALECHE"
diego
que 2mas2es5
el satiro del marcador rojo
no os desespereis manga de cojijos, aqui llego otra vez el satiro del marcador rojo para defenestrar a los putos que hablan mal de ricardito,concuerdo en todo lo que dice el castigador, aguante los patriotas carajo!!!!, pero este noble ser se ha olvidado de otro de los grandes heroes de la historia, el señor roca, que no por nada aparece en los billetes de a 100, si no fuera por el hoy seriamos un pueblo involucionado como el boliviano que vota a un indigena para que sea nada mas ni nada menos que presidente... sinceramente le doy no mas de 10 meses de vida a bolivia, en menos de 10 meses este indio los manda al tacho y el fmi les saca lo poco que tienen... pero bueno es un pueblo que esta destinado a invoilucionar, ya lo dice su historia: año 1825 se agotan el 80 % de sus rcursos mineros 1895: chile le roba la salida al mar 2005: evo morales presidente que le vamo a hacer
Q.T.R.
Todo esto con la ayuda de los vendepatrias como vos que entregan su culo y su dignidad a los amos del norte ( ayudados por los cobardes militares que hicieron grande nuestra patria). Viva arbolito ! Aca tuvimos otro indio negro, petiso, feo y patilludo que ya nos mando al tacho y tu FMI lo cerro ( con de la lleca).
Juan Manuel
Para los pelotudos que escriben y hablan de cosas y personas que ni siquiera conocen les digo que cierren el orto y lean y aprendan. Primero antes de hablar del Sr Coronel Seineldin labense la boca con jabon, y antes de acusar a alguien de nazi, lean algo pelotudos, no creo que ninguno de ustedes sepa que significa ser nazi, ni tampoco interpretan las consignas que expone la ideologia. Ustedes manga de bobos, zipayos, serviles del judaismo internacional se creen que el nazismo es solo odiar a los judios, porque no saben un carajo de nada. Ser Nacionalista esta por encima de toda musica o pelotudo que se llena la boca y no hace nada.
alex
ya palmo pappo...vamos, con fuerza... capaz que el 2006 se lleva a alguno mas, ojala empieze por iorio
el satiro del marcador rojo
ojala empiece por vos la concha de tu madre que no haces un carajo ni se te cruza una puta idea por ese cerebro cojijo que tenes a ver si algun dia vas a poder llegar a escribir una linea como las que escribe ricardo, pelotudo!!!!
ANTICUMBIEROS
(hace bochas que no paso por acá, un año facil xD) Alex, la concha de tu madre, vos que tanto criticas a pappo ¿que hiciste con tu vida de mierda? volviendo al tema del top five, creo que es el top five de las celebridades mas odiadas de la argentina... Aunque me encanta Pappo y defiendo a muerte a Iorio, es una realidad: Ricardo Iorio tiene problemas con todas las bandas A Pappo antes que se muriera no lo queria nadie Baby es una maquina de putear que tiene problemas con todo el mundo La hiena barrios es un pelotudo de 4º que está mas agrandado que la concha de su putisima madre Pil de lo vioaldores, uhm, boludo a secas será xD Tambien podria ser el tod five de los mas patriotas 8D , aunque tendriamos que sacar a la hiena; podria ser de los persoanjes mas sinceros y criticos, pero tambieeeen tendriamos que sacar a la hiena... yo la hago sencilla, tomando en cuenta que iorio y la hiena son polos opuestos, pienso "¿que carajos tienen en comun iorio y la hiena?", me salta de respuesta: "que medio pais los odian", y es lo unico XD no hace falta conocer al resto... Iorio no es facho, es nacionalista y tiene ideas copadas, aunque es bastante pelotudo, porque se lo vio muchas veces con remeras de Judas Priest, y Rob Halford, el vocalista de esa banda, es gay XD Iorio tiene sus problemas, es un calenton homofobioco antisemita buscaroña hijo de puta, pero no es facho, no es puto, y no habla de mas tampoco. El trata a la gente que quiere como a reyes, tiene un campo en donde el hace TODO, escribe unas letras nadie escribe, y, a diferencia de muchos, es un artista que SIENTE a la musica. En un videoclip en vivo del tema "deme otra vuelta pulpero", al final del tema el vocalista empiesa a llorar, y en la desesperacion por hacerlo se golpea el pecho como un gorila XD No se olviden tampoco que el fue a tocar a obras (2001) habiendose suicidado la esposa poco tiempo atras, dijo "la vida sigue, no hay tiempo para llorar", calzó el bajo al ombro (porque en esa epoca todabia tocaba el bajo en ALMAFUERTE) fue y tocó con todo. Eso si, pinchó todo el puto concierto con liricas cristianas XD. "nos dicen fachos por sentirnos argentinos"- Iorio. Obras, 2001 El tipo no se chupa el dedo, tiene sus errores como todo el mundo, no excuso su antisemitismo ni su homofobia, pero ustedes que lo critican nada mas demostraron ser peores que el, porque al final lo que mas lo putearon demostraron ser homofobicos y generalistas, como cierto tipo de bigotito cuadrado y peinado de bebé ¿Quien es el facho ahora?
gaston
AGUANTE IORIO EL JEVI NACIONAL.. .CHUPA PIJAS
el soldado
yo respeto a iorio auque se contradiga en algunas cosas que el mismo critica pero bueno como todos savemos el loco tiene problemas en sus palabras no asi en sus canciones que son claras y algunas me identifican como argentino que soy un tema de hermetica de victimas del vaciamiento el tema 6 buscando razon eso mismo les pregunto a los boloudos que critican a iorio si alguna ves escucharon sus canciuones en v8 hermetica o almafuerte no tienen ni dea del mensaje que quiere dar los pelotudos como ustedes no tienen nocion sobre lo que significa mensaje como los boludos que escuchan a los redondos ni siquieran saven los mensajes de sus letras hay que escuchar lo que un grupo o una banda hace para poder criticar sus estilo esto no incluye lo personal si vamos por ese camino estan totalmente equivocado en sus palabras esto esta dedicado tambien a todos los que escuchan rata blanca
Matias
No opino del resto, pero a Baby Echecopar hay que matarlo como el dice que hay que matar a todos los demas.
JUANCHO
Esto es para el pelotudo que escribe esa gilada de nirak y toda esa sarta de boludeses y para el anciano que debe ser un zurdo de mierda: vayan y envuelvanse en la bandera inglesa o chilena, metanse el mastil en el orto y prendanse fuego manga de vende patrias de mierda serviles del imperialismo, par de giles en vez de hacerse los guapos contando que iban a ver a esos grupos de musica de mierda en la concha de sus madres vayan a leer libros de historia giles, seguro que ustedes dos terminaron la secundaria de pedo.
IORIO TRAGALECHE.
Juan ManueL: NEGRO BRUTO, NO ES LABENSE SI NO LAVENSEN, NO ES ZYPAYO, SI NO CIPAYO, CERDO PELOTUDO Y BRUTO. alex: JAJAJA. OJALA. ANTICUMBIEROS: LA ESPOSA SE SUICIDO PORQUE ES BALA. SI, IORIO ES UN HIPOCRITA MARICA DE MIERDA. JUANCHO: TE COSIERON EL OGT?
---- el trava que se comio ioro: de Argentina Viernes, 09 de Diciembre de 2005 a las 14:13 NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, m
pablo
ni idea de nada
yo
a barby echecopar tiene que cerrar el culo pedazo de trolo
iorio y pappo lo mejorrrrrrrrrrrr los demas pertenecen a la concha de DIOSSS como los giles que no saben nada de metal argento ;)
profeta
iorio sin dudas
goos
Iorio, y ustedes solo lo conocen a ese pélotudo, me hace acordar a tantos tarados que hablan boludeces y hacen poco, no existe, no hay que idolatrar a otros como si fueran dioses asi esta el pais, son seres humanos como cualquiera. Ahora si hablamos de patria proceres historia, estan meando muy mal muchachos, hablan de la defensa de los pobres indigenas, ustedes que descendencia tienen Indigena, si somos un 90 % descendientes de europeos que carajo hablan pelotudos, a los indigenas los corrieron de todos lados en toda america, y es historia y no la podes cambiar haciendote el zurdo revolucionario de mierda como los putos montoneros o los zurdoterroristas como la bonafini, en este pais desaparecieron 300 mil personas mas o menos , lastima, ahora tienen que desaparecer 3 millones para arreglarlo, incluye todo el aparato politico de mierda desde los 90 hasta la fecha, todos ladrones, esos son vendepatrias, San martin Belgrano Moreno Rosas, hicieron patria, agarren los libros que no muerden, no mataron a los indios, luchaban por otros ideales de linertad, para hacer una gran nacion que otros la dividieron, chile existe gracias a nosotros al igual paraguay y uruguay, San martin fue muy generoso, tendria que haber agarrado todo para el virreynato y a la mierda los putos chilenos. no hablen mas boludeces pór favor, no escribo mas porque no tengo mas ganas.
sibelly
fdgbnnnnm,m
lean
nadie tiene una verdad... si el hombre a echo tantas cosas para dividirse, ahi algo q es verdad... a creado la musica para unir... no ahi dioses ni demonios, en nosotros estas la verdad de un pais q cada dia se unde mas en los dominios de otros.. gracias por poder dejar este mi simple comentario...
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SATIRO, NEGRA PUTA, ¿SABIAS QUE EN DE REMATE PUNTO COM TE VENDEN LAS MANOS DEL GENERAL?.. YO COMPRE UN PAR.
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JUAN, APRENDE A ESCRIBIR, NEGRO CABEZA.
....
APRENDE A EXPRESARTE JULIAN ANALFABETO DEL ORTO, HIJO DE MARADONA Y LA PUTA QUE TE PARIO.
SATIRO: NO CONOZCON UN PORTEÑO QUE VALGA LA PENA, LA MAYORIA SON UNOS CAGONES DE MIERDA...SEGURO COMO VOS, QUE CON TU NICK QUEDA TODO DICHO, ASQUEROSO FETICHISTA DE MARCADORES ROJOS METIDOS EN EL ANO...
PD: METETE CAPITAL FEDERAL Y TODO EL CONURBANO BONAERENSE EN EL ORTO, TOTAL DESPUES LE MANDAMOS OTRO PRESIDENTE DEL INTERIOR, "PORTEÑO VIVO".
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PD:"...PROFETA DEL ORTO, QUE TE AGARREN LOS JINETES DEL APOCALIPSIS Y TE COJAN ELLOS Y LOS CABALLITOS.... TU VINO, TU FUTBOL, TU KIOSCO Y TU ROCK SON UNAS MIERDAS....¿QUE CARAJO PODES SABER VOS DE MUSICA, PENDEJO MASCATROCHA, DEBES SER UN ROLINGA PODRIDO
PD:PD: PD: IORIO ME LA FUMA Y UDS TAMBIEN, METANSE A ALMAFUERTE, LUISANA LOPILATO, EL OBELSICO, IORIO, SU MICROFONO Y TODA ESA BANDA DE CHUPAPIJAS REPRIMIDOS HOMOSEXUALES DE MIERDA CON IDENTIDADES SEXUALES VELETAS, LOS BABASONICOS, LA VIEJA DE TOFINO, MIRANDA, LA HERMANITA DE LA ALMAFUERTERA, LA GUITARRA DE LOLO, A LOLO, AL HEAVY DE VIDEOMATCH, LA MOTO DE PAPPO, LA SINAGOGA DE LA ALVEAR, EL RABINO QUE PELOTUDEA EN DICHA SINAGOGA , REUTEMANN, LOS MARCADORES ROJOS, LA UBA, EE UU, UNA BOLSA DE POCHOCLOS LA CATEDRAL, AL PUTO DE LEO DE MORON, A MORON, EL GALLO, LEO GARCIALA PIJA DE MOTUMBO, MIS POSTS ANTERIORES, AL CARA DE TOPO, GARCIA FAURE, LA MAMIA, EL BOLUDO QUE ATIENDE, LOS REGALOS DE CASAMIENTO DEL NEGRO, EL BOBO QUE POSTEA CON EL NICK "EL PROFETA", LOS VINOS QUE SE ESTA TOMANDO Y TODAS SUS PROFECIAS, EL CAROZO Y LA GLADYS, LOS 5 MINUTOS QUE PIERDEN EL CYBER LEYENDO ESTA MIERDA MANGA DE MUERTOS Y LAS 2 TRUCHAS QUE PESQUE AYER ... EN LO PROFUNDO DEL ANO!!!!...PROFETA PUTO....ESO, SI.-
PD: BJ MC KEY, DEJA DE HACER QUE EL MONO TE FROTE.