Me gustaría saber ¿qué mierda les pasa con ser los primeros en comentar en cada post? Yo todavia no lo entiendo ¿me explican?
Comentarios históricos (1355)
Si, en realidad, tengo un ciber. Pero a vos no te importa.
Che milanga ... nada tenes que decir .. dejalo! ... es una bobo , que esta enojado con vos por envidia o no , lo que sea , la verdad ando neutra.
Si sos inteligente subi un nivel la mediocridad esta en todos lados .
No se ... lo unico que me parece idiota es que use como excusa el APC cuando nada tiene que ver , quedo aclarado que era un juego ... es tontisimo que lo uses como para atacar.
Parece que es algo personal ... un combate de rivalidad ... o de falta de personalidad , no se lo mas loco es que no se jode a nadie que no se meta para insultar .... no se porque te pica tanto milanesa trucho ... no entiendo que tipo de daño puede causar en vos para que en tu laburo te la pases posteando boludeces ...
Si sos inteligente subi un nivel la mediocridad esta en todos lados .
No se ... lo unico que me parece idiota es que use como excusa el APC cuando nada tiene que ver , quedo aclarado que era un juego ... es tontisimo que lo uses como para atacar.
Parece que es algo personal ... un combate de rivalidad ... o de falta de personalidad , no se lo mas loco es que no se jode a nadie que no se meta para insultar .... no se porque te pica tanto milanesa trucho ... no entiendo que tipo de daño puede causar en vos para que en tu laburo te la pases posteando boludeces ...
Mas si, yo me quedo por aca, total...
Es verdad Pau, cortaré un poco en responderle a ese infradotado. Igual a esta altura ya todos saben distinguir cual es cual, por más que trate de adoptar mi forma de escribir. Igual si te sentis tocada por algo que diga este salame, avisame asi aclaro un poco. Más que eso no voy a hacer. No ves que ya habla pelotudeces nomás?
Mas si, yo me quedo por aca, total...
Paula otra ves tiene razón.Pasame tu msn asi me pasas tips para que yo el mismísimo F.M. sepa hacer esos posts rebozantes de ingenio y genialidad que haces vos (vease no se que poner solo que primera otra ves WTF??). Aclaro que el post anterior no es mío, habrá sido de la milanesa verdadera. Por cierto, tengo el privilegio de ser el miembro que expulso al presidente del apc, del que designo otro, y ya que estamos tambien soy el nuevo presidente, milanesa si queres te pago un colega.
j0j0j0
j0j0j0
Paula:
NÍRAK
(LIBRO UNO)
DATOS PERSONALES
Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser
D.N.I.: 14.140.994
Domicilio : Ramón L. Falcón 3979
1407 – Ciudad de Bs. As.
Argentina
Teléfono: 0054 11 4672 0294
e-mail: eelgieser@flooring.com.ar
PRÓLOGO
El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios.
En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados.
Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer.
-Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido.
El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde.
Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso.
-Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania.
Fenstor asintió en silencio.
La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno.
-Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo.
Fenstor, llegará el momento. Es inevitable...
PRIMERA PARTE
UNO
A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias.
La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves.
Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción.
En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado.
Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males.
Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas.
Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente.
El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros.
No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido.
Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria.
Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla.
Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado.
Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría.
Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente:
-Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen.
El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor.
-Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria.
Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos.
La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa:
-Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros.
Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo.
-¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo?
Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación.
-Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día.
A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego.
Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón.
Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo.
Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado.
-Padre, ¿por qué no me habías dicho nada?
-Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día.
Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos.
Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación.
Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía.
Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores.
A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja:
-Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad.
-Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura.
-Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos.
-¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia.
-Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata...
Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente:
-Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio.
-Sí, padre.
-Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas.
Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más.
El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor.
Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar.
Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork.
Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje.
Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar.
El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico.
De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre.
Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso.
Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos.
Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque.
Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos.
Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios.
Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak.
Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa.
Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia.
“¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores.
En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes.
Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje.
Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar...
DOS
Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra.
Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum.
Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta.
Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba.
El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro.
-Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti.
-Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir.
-¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños?
-Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza.
Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque.
Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar.
Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante.
-Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá?
-No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente.
-¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico.
-Sí. Una sola.
-¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad.
-Tu madre, Nírak.
-¡Cuéntame! ¡Por favor!
-Mejor no. Fue muy doloroso...
Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres.
Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos.
Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar.
Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores.
Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante.
El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora.
Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual.
Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen.
Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo.
Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno.
Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica.
Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar.
Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año.
Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud.
Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock.
Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría.
Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías.
Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente.
Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente.
-¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca...
Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar.
Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante.
-¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra.
-Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado.
-Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto.
-Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado.
Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos.
Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia.
Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse.
Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad.
Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron…
TRES
A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante.
Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente.
Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto.
Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas.
Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida.
Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo:
-Fue muy interesante...
Y Fenstor afirmó en silencio.
Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario.
Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido.
Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos.
Habían aprendido la lección.
Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia.
-¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad.
-Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk!
-¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe.
-Estoy convencido que algo encontraremos.
-¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor.
-¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región.
-Busquemos algunos compañeros para la travesía.
-¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán?
-Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto?
-Tienes razón. Hagámoslo.
Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos.
Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente.
Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos.
Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento.
La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región.
O fueron los dioses.
O la tierra sublevándose.
O un enorme monstruo subterráneo.
O una ilusión.
Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible.
La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente.
Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk.
Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses.
Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida.
A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca.
Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza.
Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones.
Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal.
-Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos.
-¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill.
-Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando.
-Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko.
-Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros.
-¿Qué harás? –inquirieron a dúo.
-No lo he pensado... todavía.
Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger.
Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar.
Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso.
Trentor insistía frente a sus amigos:
-¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento?
Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer.
El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo.
Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia.
-Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde.
-¿De qué se trata? –preguntó Trentor.
-Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm.
-¿Estás seguro?
-Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa.
-Dime.
-Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos.
-¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor.
Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos.
Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación.
Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial.
A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato.
El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger.
A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata.
-¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor.
-Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron.
El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó.
A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base.
Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa.
En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes.
Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión.
A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios.
Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa.
Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real.
A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió.
En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema.
-¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos.
-De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses.
FIN DEL LIBRO UNO
NÍRAK
(LIBRO UNO)
DATOS PERSONALES
Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser
D.N.I.: 14.140.994
Domicilio : Ramón L. Falcón 3979
1407 – Ciudad de Bs. As.
Argentina
Teléfono: 0054 11 4672 0294
e-mail: eelgieser@flooring.com.ar
PRÓLOGO
El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios.
En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados.
Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer.
-Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido.
El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde.
Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso.
-Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania.
Fenstor asintió en silencio.
La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno.
-Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo.
Fenstor, llegará el momento. Es inevitable...
PRIMERA PARTE
UNO
A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias.
La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves.
Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción.
En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado.
Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males.
Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas.
Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente.
El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros.
No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido.
Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria.
Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla.
Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado.
Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría.
Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente:
-Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen.
El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor.
-Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria.
Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos.
La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa:
-Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros.
Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo.
-¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo?
Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación.
-Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día.
A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego.
Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón.
Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo.
Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado.
-Padre, ¿por qué no me habías dicho nada?
-Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día.
Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos.
Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación.
Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía.
Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores.
A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja:
-Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad.
-Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura.
-Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos.
-¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia.
-Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata...
Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente:
-Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio.
-Sí, padre.
-Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas.
Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más.
El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor.
Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar.
Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork.
Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje.
Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar.
El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico.
De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre.
Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso.
Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos.
Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque.
Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos.
Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios.
Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak.
Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa.
Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia.
“¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores.
En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes.
Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje.
Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar...
DOS
Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra.
Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum.
Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta.
Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba.
El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro.
-Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti.
-Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir.
-¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños?
-Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza.
Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque.
Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar.
Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante.
-Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá?
-No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente.
-¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico.
-Sí. Una sola.
-¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad.
-Tu madre, Nírak.
-¡Cuéntame! ¡Por favor!
-Mejor no. Fue muy doloroso...
Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres.
Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos.
Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar.
Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores.
Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante.
El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora.
Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual.
Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen.
Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo.
Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno.
Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica.
Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar.
Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año.
Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud.
Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock.
Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría.
Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías.
Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente.
Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente.
-¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca...
Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar.
Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante.
-¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra.
-Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado.
-Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto.
-Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado.
Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos.
Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia.
Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse.
Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad.
Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron…
TRES
A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante.
Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente.
Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto.
Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas.
Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida.
Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo:
-Fue muy interesante...
Y Fenstor afirmó en silencio.
Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario.
Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido.
Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos.
Habían aprendido la lección.
Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia.
-¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad.
-Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk!
-¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe.
-Estoy convencido que algo encontraremos.
-¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor.
-¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región.
-Busquemos algunos compañeros para la travesía.
-¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán?
-Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto?
-Tienes razón. Hagámoslo.
Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos.
Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente.
Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos.
Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento.
La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región.
O fueron los dioses.
O la tierra sublevándose.
O un enorme monstruo subterráneo.
O una ilusión.
Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible.
La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente.
Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk.
Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses.
Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida.
A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca.
Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza.
Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones.
Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal.
-Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos.
-¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill.
-Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando.
-Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko.
-Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros.
-¿Qué harás? –inquirieron a dúo.
-No lo he pensado... todavía.
Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger.
Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar.
Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso.
Trentor insistía frente a sus amigos:
-¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento?
Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer.
El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo.
Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia.
-Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde.
-¿De qué se trata? –preguntó Trentor.
-Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm.
-¿Estás seguro?
-Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa.
-Dime.
-Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos.
-¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor.
Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos.
Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación.
Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial.
A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato.
El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger.
A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata.
-¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor.
-Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron.
El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó.
A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base.
Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa.
En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes.
Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión.
A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios.
Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa.
Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real.
A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió.
En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema.
-¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos.
-De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses.
FIN DEL LIBRO UNO
Ehhh...querido, informate. Paula no es miembro activo y vos tampoco, por ende no la podés Nirakear ni a ella ni a mi.
Por esto te digo que postees lo que postees, tanto yo, como el resto de los miebros del clan no van a ser removidos por nadie. Ni siquiera por mi.
Y aflojá con Paula que ella no te hizo un carajo, ok?
Por esto te digo que postees lo que postees, tanto yo, como el resto de los miebros del clan no van a ser removidos por nadie. Ni siquiera por mi.
Y aflojá con Paula que ella no te hizo un carajo, ok?
Paula otra ves tiene razón. Pasame tu msn asi me pasas tips para que yo el mismísimo F.M. sepa hacer esos posts rebozantes de ingenio y genialidad que haces vos (vease no se que poner solo que primera otra ves WTF??). Aclaro que el post anterior no es mío, habrá sido de la milanesa verdadera. Por cierto, tengo el privilegio de ser el miembro que expulso al presidente del apc, del que designo otro, y ya que estamos tambien soy el nuevo presidente, milanesa si queres te pago un colega.
j0j0j0
j0j0j0
Vamos a aclarar los tantos. Hay un usurpador de usurpadores, yo no copypasteo pelotudeces. Solo las invento :P. Segundo, el anciano dio la bienvenida a usurpador de milanesas, el cual te echó, cuando ni siquiera eras miembro, osea: AFUERA.
Lo lamento, ninguno de los dos somos miembros.
Adios.
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Adios.
HUSURPADOR DE NICS: gracias por San Juan, gracias por el vino.
HUSURPADOR DE NICS: gracias por San Juan, gracias por el vino.
No entiendo nada!! demasiadas milanesas! me toy volviendo loca!!
QUIERO VINO.
Che, el usurpador se siente mal porque lo usurpan y no postean las genialidades que el? Despues hablan de agiornamiento
Lope$ito...
Que se llevó.
Que se llevó.
La verdad quue este thread es mu boludo pero así y todo este el comment 317!!!!
MMM.... MUY INTERESANTE, VIVAPERON!, TANTO COMO EL MIO, QUE ES EL 318?
Quiero una hamburguesa.
KAPUF!
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